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LECCIÓN   5.3 

El servicio debe ser permanente.
 
El llamado a servir fue un mensaje permanente en el ministerio público de Jesús (Lucas 22:27). El Maestro vino a la tierra para servir (Mateo 20:28). Por su parte, el Mesías considera dichoso a quien sirve permanentemente (Lucas 12:37).
 
La misma actitud del servicio de Jesús la tuvo el apóstol Pablo. Quien usó el criterio de servicio, para identificar su laboriosa misión de revelar los enigmas divinos:
 
"Así que, a Apolos y a mí, considérennos como simples siervos de Cristo, a quienes se nos encargó la tarea de explicar los misterios de Dios" (1 Corintios 4:1).
 
Sin embargo, aunque el servicio debe ser permanente, de vez en cuando, aparecen atisbos y señales de cansancio. Con frecuencia nos desfanecemos. Hay momentos cuando nuestro cuerpo no resiste más. Nuestro ánimo desfallece.
 
De la misma manera, Jesús también tuvo la experiencia de sentir cansancio y soportó la pérdida de vitalidad:
 
"Allí estaba el pozo de Jacob; y Jesús, cansado por la larga caminata, se sentó junto al pozo cerca del mediodía" (Juan 4:16).
 
En la barca, mientras los discípulos estaban asustados enfrentando la sosobra de la tormenta, tuvieron que despertar a Jesús (Mateo 8:25). Después de las largas jornadas y por la fatiga del desempeño de su oficio, Jesús invitaba a sus discípulos a descansar (Marcos 6:31).
 
Pero hubo otro tiempo en que el desaliento no era motivo para tomar algún densanso, ni descuidar el compromiso de la misión. Había que llegar hasta las últimas consecuencias. Por ejemplo, a Jesús no le pareció bien que mientras él oraba en Getsemaní, los discipulos estuvieran durmiendo (Mateo 26:43).
 
Y el mismo Jesús explica que el cansancio y la debilidad se sitúa en nuestra área somática, porque en lo espiritual siempre vamos a estar bien dispuestos a servir constantemente, sin desfallecer jamás (Mateo 26:41).
 
La misma advertencia de estar siempre cuidando y vigilando la obra de Dios contra las acechanzas del enemigo, la hizo el apóstol Pedro:
 
"¡Estén alerta! Cuídense de su gran enemigo, el diablo, porque anda al acecho como un león rugiente, buscando a quién devorar" (1 Pedro 5:8).
 
El servicio de la vigilancia espiritual es permanente. Debemos ser atalayas constantes y persistentes para evirar que seamos sorprendidos, porque siempre vamos a vivir en peligro de perder la gracia para alcanzar la santidad. 
 
La vigilancia asidua, frecuente y continua también se debe a que habrá señales antes del fin de los tiempos, que nos pueden confundir, pensando que ya va a suceder la segunda venida de Jesús.
 
Venida del Hijo del Hombre, que no cojera por sorpresas a quienes han estado en oración y constante vigilancia, siguiendo las revelaciones y recomendaciones del Maestro:    
 
"Y, ya que ustedes tampoco saben cuándo llegará ese tiempo, ¡manténganse en guardia! ¡Estén alerta!" (Marcos 13:33).
 
Así que siempre hay que saber discernir (1 Corintios 2:14), estar atentos y ser sobrios (1 Pedro 1:13). Hay que aprender a vivir en el Espíritu y no en la simplesa de los físico y la carne (Gálatas 5:16).
 
Hay tiempo para trabajar y tiempo para descansar. A veces en la vida de los primeros discípulos, dormir fue una acción positiva. Después de haber dormido, los discípulos vieron la gloria de Jesús en la escena de la transfiguración:
 
"Pedro y los otros se durmieron. Cuando despertaron, vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres de pie junto a él" (Lucas 9:32).
 
Es que descansar no es negativo. Efectivamente el cansancio es una señal de advertencia de que hay que parar. Cuando se descansa las ideas fluyen, las energías se recobran, el cuerpo se repara, el ánimo toma aliento y la motivación se restaura.
 
Pero, descansar no es una cuestión simple de conservar energía. Es tiempo para evaluar lo que se ha hecho, observar lo que está sucediendo y tabular los efectos y resultados.
 
El descanso es tiempo que se usan para expresar valores, fijar márgenes, cotejar espacios, verificar logros y guiar esfuerzos hacía las metas propuestas. Hay que recordar a quien servimos:
 
"Trabajen de buena gana en todo lo que hagan, como si fuera para el Señor y no para la gente. Recuerden que el Señor los recompensará con una herencia y que el patrono a quien sirven es Cristo" (Colosenses 3:23-24).
 
Además, Dios renovará nuestras fuerzas, después de haberlas gastado, cuando se trabaja en su obra. Lo que antes nos cansaba se convierte en gozo alegre y regocijo cuando servimos a Dios:  
 
"Pues Dios no es injusto. No olvidará con cuánto esfuerzo han trabajado para él y cómo han demostrado su amor por él sirviendo a otros creyentes como todavía lo hacen" (Hebreos 6:10).
 
Dios sustenta a quien el sirve con sinceridad. El servicio a Dios produce libertad de las cosas físicas y materiales. La avaricia, la  ansiedad y el desazón por las cosas tangibles desaparecen. La labor en el ministerio tiene su recompensa:
 
"Miren, yo vengo pronto, y traigo la recompensa conmigo para pagarle a cada uno según lo que haya hecho" (Apocalipsis 22:12).
 
No nos cancemos de hacer el bien (Gálatas 6:9) A su tiempo cosecharemos. Puede ser que alguna vez sintamos el cansancio de labrar en la obra de Dios. Lo que no debemos es cansarnos de la obra de Dios.
 
Por eso, cuando nos sitamos cansados y agobiados, el mejor descanso es venir a Jesús (Mateo 11:28-29), para que podamos continuar forjando con constancia el servicio de la misión evangelizadora:
 
"Por lo tanto, mis amados hermanos, permanezcan fuertes y constantes. Trabajen siempre para el Señor con entusiasmo, porque ustedes saben que nada de lo que hacen para el Señor es inútil" (1 Corintios 15:58).
 
Las energías y las fuerzas que poseemos son para invertirlas y gastarlas en la obra de Dios. Porque si no usamos nuestras fortalezas haciendo el bien, nos exponemos a hacer el mal. Por el contrario, cuando las usamos para el bien, Dios las restituye y las renueva:
 
"En su bondad, Dios los llamó a ustedes a que participen de su gloria eterna por medio de Cristo Jesús. Entonces, después de que hayan sufrido un poco de tiempo, él los restaurará, los sostendrá, los fortalecerá y los afirmará sobre un fundamento sólido" (1 Pedro 5:10).
 
Dicen que no hay frío, sino ausencia de calor, no hay oscuridad, sino ausencia de luz, no hay odio sino ausencia de amor. El servicio debe ser permanente porque el ser humano ha sido creado y vive para servir.
 
Por eso, para el apóstol Pablo era un gusto servir:
 
"Con gusto me desgastaré por ustedes y también gastaré todo lo que tengo, aunque parece que cuanto más los amo, menos me aman ustedes a mí" (2 Corintios 12:15).
 
Nos podemos volvernos de doble ánimo. Algunos días haciendo el bien, otros días no haciéndolo, o lo que es peor haciendo el mal. Porque estamos destinados a hacer siempre lo mejor:
 
"Pues somos la obra maestra de Dios. Él nos creó de nuevo en Cristo Jesús, a fin de que hagamos las cosas buenas que preparó para nosotros tiempo atrás" (Efesios 2:10). 
 
Queda claro que el servicio debe ser permanente. Novedoso y atractivo. Cuando el servicio se convierte en un hábito, nos ayuda a mantener la atención y el interés por ayudar a los otros.
 
Luego, el servicio permanente hay que practicarlo hasta lograr el hábito de hacerlo de manera natural. Nadie nace sirviendo. La generosidad del servicio se desarrollando a través del tiempo. 

Para convertirnos en servidores permanentes hay que ser personas de entrega, disciplina y dedicación. Detrás de quien sirve hay un comrpomiso total. Sólo con dedicación y coraje se llega al servicio permanente en la obra de Dios.
 

Cuarto Examen:

¿Por qué el servicio debe ser permanente?
 
Opción 1 Porque el ser humano ha sido creado y vive para servir.
Opción 2 Porque fue actitud que enseñó Jesús y practicó Pablo.
Opción 3 Porque somos atalayas constantes y persistentes.
Opción 4 Porque el servicio produce la libertad de los bienes.