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LECCIÓN   4.13

Aparente dilema entre el karisma y el poder
Através de la historia de la iglesia, muchos han enfrentado el karisma contra el poder. Han presentado el poder antagónico al karisma. Sin embargo, entre el karisma y el poder sólo existe un aparente dilema.
 
El karisma es un don de Dios, ofrecido a las personas a través de los talentos, para que produzcan frutos. Nadie produce frutos, si no tiene el poder de provocarlos. Por lo tanto, el karisma detenta poder. Quien tiene karisma contiene poder.
 
El aparente dilema entre el karisma y el poder se deriva de pensar que el poder es negativo y el karisma es positivo. La verdad es que no existe ninguna disyuntiva y controversia. 
 
Pues el poder es la fuerza poderosa de Dios, para quien todo es posible, "porque nada es imposible para Dios" (Lucas 1:37). Existe el poder del amor, de la misma forma que el de la esperanza y de la fe.
 
Nada es imposible para quien tiene fe. En este caso se trata de la fe genuina y verdadera. Muchos diran: Yo tengo fe. Sin embargo, a la hora de ver los resultados de esa fe, nadie encuentra los frutos por ningún lado. Es una fe que le faltan sus efectos.
 
La calidad y la excelencia de la fe se mide por sus resultados:
 
"Preguntó Jesús: ¿Cómo que si puedo? Todo es posible si uno cree. Al instante el padre clamó: ¡Sí, creo, pero ayúdame a superar mi incredulidad!" (Marcos 9:23-24).
 
¡Es claro! El poder viene de Dios. Para que nosotros ostentemos ese mismo poder, lo único que nos pide Dios es que tengamos fe. Basta la fe, para que veamos la gloria de Dios (Juan 11:40).
 
Sin embargo, la humanidad sufre por la falta de fe. Por eso el padre del muchacho dijo: sí creo, pero ayúdame a creer. Pues la fe misma deriva de Dios como un medio de gracia, para que podamos comunicarnos y tener acceso al poder divino:
 
"De hecho, sin fe es imposible agradar a Dios. Todo el que desee acercarse a Dios debe creer que él existe y que él recompensa a los que lo buscan con sinceridad" (Hebreos 11:6).
 
El poder de la fe hace posible de que algo ocurra. Es ser capaz de llevar a cabo una determinada acción. Es tener la facultad de dominar con mayor fuerza a la resistencia contraria, para alcanzar un propósito.
 
Poder es vencer el mal a fuerza del bien (Romanos 12:21), aniquilar la mentira con la solidez de la verdad, el odio con el poder del amor, la muerte con la resurrección y la vida, como lo hizo Cristo (1 Corintios 15:3-4).
 
El poder de la fe sería infructuosa y la fe quedaría aniquilada si se prueba que Cristo no resucitó. No habría poder de salvación, ni redención. Nuestra fe no quedaría intacta si Cristo sólo hubiese muerto: 
 
"Y si Cristo no ha resucitado, entonces toda nuestra predicación es inútil, y la fe de ustedes también es inútil" (1 Corintios 15:14). 
 
Con la resurrección quedó aniquilada la muerte, la mentira, la carne, el poderío de Satanás y todas sus consecuencias. Con la resurreción de Cristo todo cambió a nuestro favor.
 
Por eso, es más fuerte la sinceridad que el engaño, la vida que la muerte, lo invisible que lo visible, el espíritu que el cuerpo. La Biblia nos advierte que no hay poder humano que resista para siempre al poder del Espíritu Santo:
 
"¡Pueblo terco! Ustedes son paganos de corazón y sordos a la verdad. ¿Se resistirán para siempre al Espíritu Santo? Eso es lo que hicieron sus antepasados, ¡y ustedes también!" (Hechos 7:51).
 
Precisamente, no hay que resistir al Espíritu Santo para tener el poder de los karismas y de ver sus resultados. La fe es la única virtud que nos lleva a unirnos al Espíritu Santo en todo su poder.
 
No resistir a Espíritu Santo es permitirle que realice la obra que quiere hacer en nuestra vida. Empezamos a caminar en comunión con el Espíritu Santo, cuando dejamos de hacerle oposición con nuestros pensamientos, actos y omisiones.
 
Ahora, a quien hay que encarar y rechazar con sólida resistencia es al diablo. Hay una fuerza oculta que incita a la humanidad a revelarse contra Dios. El pecado no es resultado de la casualidad:
 
"Cuando sean tentados, acuérdense de no decir: Dios me está tentando. Dios nunca es tentado a hacer el mal y jamás tienta a nadie.  La tentación viene de nuestros propios deseos, los cuales nos seducen y nos arrastran. De esos deseos nacen los actos de pecado, y el pecado, cuando se deja crecer, da a luz la muerte. Así que no se dejen engañar, mis amados hermanos" (Santiago 1:13-16).
 
Las misma Escritura nos advierte la manera como debemos luchar contra las fuerzas del maligno. Hay que hacerlo con persistencia y siguiendo siempre el modelo de Cristo:
 
"Cuando el diablo terminó de tentar a Jesús, lo dejó hasta la siguiente oportunidad" (Lucas 4:13).
 
Hay que resistir al diablo y hacerle guerra con la misma actitud de Cristo y la forma como lo hicieron los primeros cristianos: 
 
"Así que humíllense delante de Dios. Resistan al diablo, y él huirá de ustedes" (Santiago 4:7).
 
El apóstol Pablo sabe finiquitar las fuerzas del enemigo. Por eso, declara de manera magistral, con claridad, decisión y seguridad cómo podemos vencer siempre al adversario, que es el diablo:
 
"Una palabra final: sean fuertes en el Señor y en su gran poder. Pónganse toda la armadura de Dios para poder mantenerse firmes contra todas las estrategias del diablo. Pues no luchamos contra enemigos de carne y hueso, sino contra gobernadores malignos y autoridades del mundo invisible, contra fuerzas poderosas de este mundo tenebroso y contra espíritus malignos de los lugares celestiales. Por lo tanto, pónganse todas las piezas de la armadura de Dios para poder resistir al enemigo en el tiempo del mal. Así, después de la batalla, todavía seguirán de pie, firmes" (Efesios 6:10-13).
 
Quienes han logrado resistir los ataques del maligno, entiende que cuando no se han dado por vencidos, el diablo a huido de ellos. Nuestro Señor Jesucristo, fue tentado por el diablo y después de haber resistido toda tentación, el Señor fue dejado tranquilo.
 
Asi debemos hacer nosotros. Para que el demonio se retire y se mantenga lejos de nuestra vida y de nuestras circunstancias, es necesario practicar las instrucciones y prescripciones de Jesús:
 
"Han oído la ley que dice que el castigo debe ser acorde a la gravedad del daño: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo digo: no resistas a la persona mala. Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, ofrécele también la otra mejilla. Si te demandan ante el tribunal y te quitan la camisa, dales también tu abrigo. Si un soldado te exige que lleves su equipo por una milla, llévalo dos" (Mateo 5:38-41).
 
Las ofensas de las personas que le rodean, sean familiares, amigos o vecinos, son cadenas que detienen los propósitos de Dios en su vida.
 
Es que el fluir de Dios en nuestra vida se suspende cuando anidan en nuestros corazones provocaciones, enojos, resentimientos y amarguras. Estos sentimientos son enemigos sutiles contra el mover del Espíritu Santo.
 
Muchas veces creemos tener la razón cuando nos ofendemos y nos permitimos el derecho de airarnos (Efesios 4:26). Sin darnos cuenta estamos negándonos a la gracia y a las promesas de Dios. Por eso, mejor es estar en paz que tener la razón. Lo decimos en oración:
 
"Perdona nuestros pecados, así como hemos perdonado a los que pecan contra nosotros. No permitas que cedamos ante la tentación,   sino rescátanos del maligno" (Mateo 6:12-13).
 
El poder de perdonar cada ofensa que nos hacen, nos devuelve la gracia amorosa, santificadora y perdonadora de Dios. La amistad con Dios se refleja en las buenas relaciones con las demás personas. Cuando estamos dispuestos a ofrecer el perdón a los otros, estamos recibiendo el perdón y la misericordia de Dios.
 
Ser sumisos y obedientes a Dios es atesorar el poder de su gracia y de sus dones. Dios espera que nos fortalezcamos con su poder:
 
"Entonces el Señor dijo: Mi Espíritu no tolerará a los humanos durante mucho tiempo, porque sólo son carne mortal. En el futuro, la duración de la vida no pasará de ciento veinte años" (Génesis 6:3).
 
No hay que actuar por las costumbre aprendidas de la sociedad, ni confiar mucho en las leyes creadas por los seres humanos. Nuestra confianza está puesta en Dios:
 
"Por eso les digo: dejen que el Espíritu Santo los guíe en la vida. Entonces no se dejarán llevar por los impulsos de la naturaleza pecaminosa" (Gálatas 5:16). 
 
Al final de nuestra existencia, al atardecer de nuestra vida. Cuando hallamos alcanzado madurez, nos daremos cuenta, que los karismas son el poder de Dios en nuestra vida, para ser sus testigos por siempre:
 
"Pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes; y serán mis testigos, y le hablarán a la gente acerca de mí en todas partes: en Jerusalén, por toda Judea, en Samaria y hasta los lugares más lejanos de la tierra" (Hechos 1:8).
 
 
 
Décimo Cuarto Examen:

¿Cuál es el aparente dilema entre el karisma y el poder?
 
Opción 1 Hacer todo lo posible para llevarle ventaja a los demás.
Opción 2 Dejar que Dios actúe siempre a nuestro favor con amor.
Opción 3 Pensar que el poder es negativo y el karisma es positivo.
Opción 4 Luchar en todo momento contra las asechanzas satánicas.