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LECCIÓN   3.10 

¿Por qué es nuestro deber predicar?
 
Un deber no es simplemente una obligación. Por lo general la obligación es un compromiso que se adquiere desde afuera, como leyes, contratos, normas de convivencia y preceptos religiosos, que son juzgados por personas que fiscalizan su cumplimiento.
 
En cambio un deber supera los límites de un compromiso o una responsabilidad adquirida por imposición. El deber emerge de la naturaleza espiritual de un ser humano. Nace de su conciencia y de los afectos y sentimientos más íntimos y nobles de una persona. El deber se acepta por herencia familiar, grupos sociales, gremios de trabajo y se amplia a las colectividades culturales.
 
Por obligación las personas cumplen las leyes de un país. En cambio, por deber un ser humano acepta a Cristo como su Señor y su Salvador. Por deber transmite su vital experiencia de fe en Jesús. Nadie lo sanciona desde el exterior si no cree en Cristo. Su propia conciencia y la recompensa por los resultados de sus acciones, lo motivan a continuar con el deber ser de un buen cristiano.
 
Entonces, ¿por qué es nuestro deber predicar el evangelio? Porque así lo dispuso Dios (Tito 1:3) y nos lo enseñó Jesucristo, a lo largo de su ministerio público (Mateo 4:23). También porque los apóstoles cumplieron con fidelidad el deber de predicar el evangelio hasta en los momentos más adversos (Hechos 8:4). Además, la predicación ha sido la labor constante de la iglesia a través de la historia del cristianismo hasta nuestros días.
 
Es nuestro deber predicar la palabra de Dios porque la gente necesita escuchar la palabra de Dios. Las buenas noticias de salvación producen la respuesta de la fe, porque hay quien predique (Romanos 10:17). El predicador se convierte en la voz de Dios que le habla a los creyentes y al resto de la humanidad.
 
El deber de predicar comienza cuando se siente el llamado de Jesús a dedicarse al ministerio de la palabra, de la misma manera como el Maestro de Galilea invitó a los primeros apóstoles:
 
"Tiempo después Jesús subió a un monte y llamó a los que quería que lo acompañaran. Todos ellos se acercaron a él. Luego nombró a doce de ellos y los llamó sus apóstoles. Ellos lo acompañarían, y él los enviaría a predicar" (Marcos 3:13-14).
 
Jesús pormetió que el mismo llama (Apocalipsis 3:20), enseña (Juan 14:26), equipa (Efesios 4:11-13) y envía (Juan 20:21). Quienes van a ser sus predicadores no están sólos (Mateo 28:20). Así muchas veces no se entienda el medio usado por los ministros de la palabra, Cristo va ser predicado, como dijo Pablo:
 
"¿Qué, pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo, y me gozaré aún" (Filipenses 1:14-18).
 
El tiempo es ahora. La hora ha llegado, se aproxima el Reino (Marcos 1:15). De ninguna manera ha faltado tiempo de maduración, ni período para desarrollarse el llamado a la predicación. Pues la preparación se ha venido haciendo con anticipación mediante la gracia de Dios (Efesios 1:4).
 
Jesús mismo actúo cuando fue la hora de responder al llamado de su vocación (Juan 13:1). Antes de haber llegado la hora simplemente dijo que todavía no era el tiempo (Juan 2:4). 
 
Gratamente los escritos sagrados nos dan evidencias de que antes de que actuen los seres humanos, ya Dios mismo había venido preparando a la persona, y hasta le conoce todas sus andanzas:
 
"Natanael le dijo a Jesús: ¿Cómo es que me conoces? Le respondió Jesús: Pude verte debajo de la higuera antes de que Felipe te encontrara" (Juan 1:48).
 
La vida misma es una vocación que debe vivirse a borbotones, asumirla con energía, plantearla con pasión y abordarla con la decisión de disfrutarla con intensidad, porque así está determinada:
 
"Así debe hacerse ahora, porque tenemos que cumplir con todo lo que Dios exige" (Mateo 3:15)
 
El simple hecho de vivir es un gran acontecimiento que no debe dejarse al azar, ni enterrar (Mateo 25:25). Vivir es importante. Vivir es actuar con responsabilidad. Vivir es dar respuesta a las exigencias de la vida.
 
Como sucedió con los primeros apóstoles, cuando Jesús llama la respuesta debe ser ya, porque la misión debe cumplirse en el tiempo de Dios. ¡Es urgente! ¡No hay tregua! ¡La cosecha está lista! (Juan 4:35) ¡La contestación a la vocación no espera! En su infinita voluntad Dios mismo establece el tiempo de actuar. 

Los discípulos de Jesús lo dejaron todo, porque Dios espera una respuesta inmediada. Los primeros apóstoles no midieron las consecuencias del seguimiento de Jesús. Tiempo después caen en la encuenta y preguntan por la retribución. ¿Cuál sería la recompensa de su apostolado?
 
"Entonces Pedro le dijo: Nosotros hemos dejado todo para seguirte. ¿Qué recibiremos a cambio?" (Mateo 19:27).
 
Jesús simplemente les había dicho que lo siguieran y ellos en su deber natural de la vocación, así lo hicieron:
 
"Jesús respondió a Simón: ¡No tengas miedo! ¡De ahora en adelante, pescarás personas!. Y, en cuanto llegaron a tierra firme, dejaron todo y siguieron a Jesús" (Lucas 5:10-11).
 
Pedro y sus demás compañeros habían dejado todo lo conocido y lo cotidiano. Sus creencias, sus haberes, sus conocimientos, su trabajo, su familia, su tierra, sus anhelos, sus planes, sus sueños. Todas las cosas quedaron atrás.
 
Tuvieron que aprender nuevas costumbres (Juan 13:15), nueva enseñanza (Marcos 1:27-28), nuevas formas de relaciones interpersonales (Juan 15:12-14), nueva visión para ver las cosas y la vida (Mateo 5:21-48), hasta nueva interpretación de la ley (Mateo 7:12).
 
Jesús mismo les advirtió que haría las cosas nuevas (Apocalipsis 21:5). La novedad repercutió en el cambio de vida de los primeros apóstoles, como una señal contundente del llamado al oficio de la palabra:
 
"Entonces llamó a la multitud para que se uniera a los discípulos, y dijo: Si alguno de ustedes quiere ser mi seguidor, tiene que abandonar su manera egoísta de vivir, tomar su cruz y seguirme" (Marcos 8:34).
 
Los discípulos quisieron y aceptaron el llamado de su Maestro. Por eso el deber de predicar fue una respuesta radical, única y total en los apóstoles. Tuvo tanto poder y decisión el ímpetuo de los primeros predicadores, que continúo extendiéndose en la sucesión apostólica a través del tiempo.
 
"Esto significa que todo el que pertenece a Cristo se ha convertido en una persona nueva. La vida antigua ha pasado, ¡una nueva vida ha comenzado!" (2 Corintios 5:17).
 
Todo quedó atrás. Pablo da testimonio de que había dejado atrás cosas de su pasado, como su celo por la doctrina religiosa y su elocuencia intelectual, las estimaba perdidas y olvidadas:
 
"He desechado todo lo demás y lo considero basura a fin de ganar a Cristo y llegar a ser uno con él" (Filipenses 3:8).
 
Al igual que Pablo, muchos tuvieron la misma actitud, de dejarlo todo y empezar una nueva vida. La buena fama de Cornelio quedó atrás cuando recibió el llamado:
 
"Nos envió Cornelio, un oficial romano. Es un hombre devoto y temeroso de Dios, muy respetado por todos los judíos. Un ángel santo le dio instrucciones para que vayas a su casa a fin de que él pueda escuchar tu mensaje" (Hechos 10:22).
 
Zaqueo, quien fue llamado por su nombre y quien tuvo que soportar la murmuración de la gente, hospedó a Jesús en su casa y se hizo uno de sus fieles discípulos (Lucas 19:1-10).
 
Nicodemo y José de Arimatea (Juan 19:38-39), no temieron a la crítica, ni los detuvo la seguridad del prestigio de su posición social, política y económica que obstentaban en su comunidad.
 
Muchas mujeres fueron importantes en la vida y el ministerio de Jesús. María la madre de Jesús, Elizabeth y Ana (Lucas 2:36-37) Marta y María de Betanía (Lucas 10:38-42), la mujer samaritana (Juan 4:28.29.39), María Magdalena y otras mujeres (Lucas 8:1-2) fueron directamente vinculadas al oficio de la predicación de la palabra.
 
Juana, la esposa de Cuza, administrador de Herodes; Susana; y muchas otras mujeres contribuían con sus propios recursos al sostén de Jesús, de sus discípulos y de su ministerio (Lucas 8:3). 
 
Predicar la palabra no es una profesión. Predicar es un llamado, es una vocación tan decisiva y determinante que el predicador de la palabra no tiene salida, ni alternativa. Sólo le queda exclamar:
 
"¿A quién tengo en el cielo sino a ti? Te deseo más que cualquier cosa en la tierra" (Salmo 73:25). 
 
Por convicción natural, espontánea y espiritual, el predicador de la palabra sabe de la riqueza y del valor de su llamado. Por eso, deja todo y adquiere el carácter de un apóstol y lo cuida como un tesoro o como una perla de primera calidad (Mateo 13:44-46).
 
El predicador está gosozamente cautivado en todo momento y todo lugar a desempeñar su vocación: 

"Así que, ¡gracias a Dios!, quien nos ha hecho sus cautivos y siempre nos lleva en triunfo en el desfile victorioso de Cristo. Ahora nos usa para difundir el conocimiento de Cristo por todas partes como un fragante perfume" (2 Corintios 2:14).
 

Undécimo Examen:
 
¿Por qué es nuestro deber predicar?
 
Opción 1 Porque la gente necesita escuchar la palabra de Dios.
Opción 3 Porque el predicador tiene asegurada su recompensa
Opción 4 Porque es necesario predicar la palabra en todo tiempo.
Opción 2 Porque la humanidad desea con gusto escuchar a Dios.