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LECCIÓN   3.4 

La oración es el fluido que nos conecta a Dios.

Orar es dialogar con Dios. Es una conversación permanente y siempre novedosa, que nutre la relación entre Dios y el creyente. Por la oración se produce la comunicación entre el ser humano y Dios.
 
"Y estamos seguros de que él nos oye cada vez que le pedimos algo que le agrada; y como sabemos que él nos oye cuando le hacemos nuestras peticiones, también sabemos que nos dará lo que le pedimos" (1 Juan 5:14-15).
 
El fluido conductor de la interrelación entre la humanidad y la divinidad es la oración. Así como el aire y el agua son fluidos esenciales para la vida, de la misma manera la oración es el fluido necesario para la vida espiritual del ser humano.
 
Sin agua y sin aire no hay vida. Sin oración no hay alimento para el espíritu, como lo explicó Jesús:
 
"Pero todos los que beban del agua que yo doy no tendrán sed jamás. Esa agua se convierte en un manantial que brota con frescura dentro de ellos y les da vida eterna" (Juan 4:14). Y reiteró a la multitud: "¡Todo el que tenga sed puede venir a mí!" (Juan 7:37).
 
La oración es un reiterado y permanente encuentro entre el creyente y la fuente de agua viva, que es Jesúcristo. Cuando Jesús declara: "Yo soy, el que habla contigo" (Juan 4:26), es porque ya ha habido un diálogo intenso. Entre inquietudes, agitación, preguntas y respuestas, Jesus se va revelando y el orador va descubriendo el misterioso mensaje del "agua de la vida" (Juan 4:11) en la adoración (Juan 4:21-24).
 
Los frutos de la oración no sólo se quedan en el coloquio interpersonal de Dios y el creyente, sino que trasciende a su entorno. Como aconteció con el efecto impactante de la mujer samaritana:
 
"Y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo" (Juan 4:42).
 
La oración primero dispone el corazón a la verdadera adoración en espíritu y en verdad (Juan 4:24) y luego influye en la mente y en el corazón de quienes están al alcance de la irradiación divina, convirtiéndosen también en adoradores:
 
"Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho. Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días. Y creyeron muchos más por la palabra de Jesús" (Juan 4:39-41).
 
La oración es un fluido como el aire. Mientras se encuentra al pie de la montaña es más fácil de respirarlo, aunque es menos puro, que el de las altas cordilleras, el cual es más limpio, pero más difícil respirarlo.
 
Por eso, la oración es árida los que no tienen experiencia, y para aquellos que no se han ejercitado en el hábito de respirar en la cima, es desgano. Sin embargo, es en la cumbre de la montaña donde debe ubicarse el verdadero adorador (Juan 4:23-24).
 
El vocablo «espíritu» traduce el griego «πνευμα» (pneuma) y el hebreo «ruaj». La oración es entrar en la dimensión del Espíritu, quien desde el principio de la creación está presente:
 
"Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas" (Génesis 1:2).
 
Elías pudo discenir la voluntad de Dios, no cuando estaba en la turbulencia y la agitación de sus inquitudes, sino cuando logró entrar en la oración apacible como el aire:
 
"Después del incendio hubo un suave viento.  Cuando Elías lo sintió, se cubrió la cara con su capa, salió y se paró a la entrada de la cueva. Entonces una voz le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías?" (1 Reyes 19:12-13).
 
Mientras los judios celebraban la fiesta de pentecostés, los discípulos de Jesús perseveraban en el fluir de la oración y el Espíritu se manifestó en figura de aire:
 
"De repente, se oyó un ruido desde el cielo parecido al estruendo de un viento fuerte e impetuoso que llenó la casa donde estaban sentados... y todos fueron llenos del Espíritu Santo" (Hechos 2:2.4).
 
la oración es como el aire que pasa por los pulmones, llega a la sangre y la purifica, para darle vida a la naturaleza corporal de nuestra existencia. 
 
Además del agua y del aire, existe la luz. Otro fluido muy importante en la vida humana. La luz es el fluido luminoso que se origina en una fuente y se traslada a un perceptor que absorve y revela sus destellos.
 
La oración es la luz que viene de Dios, porque Dios es luz (1 Juan 1:5). Nosotros nos movemos en su claridad espiritual, para alcanzar sus bendiciones por ser sus hijos:
 
"Dios envió al Espíritu de su Hijo a nuestro corazón, el cual nos impulsa a exclamar Abba, Padre" (Gálatas 4:6). Por ese mismo fluido de luz, fue que Jesús clamó: "Abba, Padre, todo es posible para ti. Te pido que quites esta copa de sufrimiento de mí. Sin embargo, quiero que se haga tu voluntad, no la mía" (Marcos 14:36). Y nosotros seguimos llamando a Dios: "Abba, Padre" (Romanos 8:15).
 
De Dios fluye la luz, de Dios fluye la oración. Con Cristo vino la luz (Juan 1:5), con Cristo somos la luz (Mateo 5:14), porque Jesús mismo era la luz. Quien permence en oración, permanence iluminado:
 
"Yo soy la luz del mundo. Si ustedes me siguen, no tendrán que andar en la oscuridad porque tendrán la luz que lleva a la vida" (Juan 8:12).
 
La luz divina fluye en palabras. La oración es hablar con Dios, porque Dios es Palabra. El fluido de la oración se manifiesta en las expresiones verbales, porque su naturaleza es Palabra: 
 
"La Palabra le dio vida a todo lo creado, y su vida trajo luz a todos" (Juan 1:4).
 
La oración es el fluido eléctrico espiritual de donde fluye la luz para todo una ciudad. La persona que ora, el grupo que hora, la iglesia que ora, se convierte en una faro de luz, para su entorno:
 
"La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna, porque la gloria de Dios ilumina la ciudad, y el Cordero es su luz" (Apocalipsis 21:23).
 
La oración es la luz de la ciudades, de los campos, de las empresas, de las familias, de las personas, de todo el mundo:

"Allí no existirá la noche —no habrá necesidad de la luz de lámparas ni del sol— porque el Señor Dios brillará sobre ellos. Y ellos reinarán por siempre y para siempre" (Apocalipsis 22:5).
 
Así como el sonido viaja a través del fluido del aire, así la voz de Dios viaja por medio del fluido de la oración. Así como las ondas viajan por el fluido del agua, de la misma manera las revelaciones de Dios viajan por el fluido de la oración.
 
La función de la oración es servir de medio para las reacciones de renovación y cambio en la vida de las personas, y como medio de transporte de las bendiciones de Dios.
 
Hay muchos más ejemplo de fluidos con los que se puede comparar la oración que nos conecta a Dios. El aceite  de la unción (Santiago 5:14), la sangre de Getsemaní (Lucas 22:44), las lágrimas por la restauración (Jeremías 9:1; Juan 11:35; Lucas 19:41), la saliva de la sanidad (Marcos 8:23; Juan 9:6).
 
En conclusión, la oración es el fluido para permanecer en la gracia de Dios. La oración es el fluido que ejerce el control de calidad en la relación con Dios. Es un catalizador que interviene en la recepción de las bendiciones divinas. Es el termostato que gradua la presencia del Espíritu Santo.
 
Quinto Examen:

¿Por qué la oración es el fluido que nos conecta a Dios?
 
Opción 1 Porque todas las cosas las pedimos en el nombre de Jesús.
Opción 2 Porque es el único medio que nos ofrece la gracia de Dios.
Opción 3 Porque es un termómetro que mide la presencia de Dios.
Opción 4 Porque es conducto que relaciona a la humanidad con Dios.